La fascinación de la muerte1

Por Leticia Cufré Marchetto2

Philippe Ariès (1914-1984), historiador francés de la cotidianidad, atribuía a las representaciones del mundo, de la vida y de la muerte existentes en una sociedad tanta importancia como a las condiciones materiales de la vida. Él consideraba a su familia, y de alguna manera a sí mismo, como políticamente reaccionarios, pero culturalmente progresistas.3 Se dedicó a estudiar los movimientos demográficos de la época moderna y demostró que ellos, más que la economía, revelaban partes importantes de la cultura, en tanto medio para enfrentar la vida y las relaciones sociales. Ariès fue uno de los intelectuales de la época que abrió camino hacia la historia de las mentalidades y a la escuela de los Annales en Francia. En ese marco se planteó la interrogante sobre cómo se representa a la muerte en el Occidente.4

Refiere Ariès que en otras épocas la muerte era considerada parte del orden de la naturaleza y, al mismo tiempo, era familiar y ritualizada como un elemento constitutivo de la vida social. En algún momento de la Modernidad, en Occidente, esto cambia: la muerte se individualiza, es exaltada y dramatizada, pero ya no forma parte de ritos colectivos.

Siguiendo con las ideas de este historiador de la vida cotidiana, en el siglo XX hubo modificaciones importantes en las representaciones sociales: se disimula la muerte, se reducen los ritos y se trata de que no afecte a los vivos. La muerte pasa a ser antisocial e inconveniente. La que Ariès llama “la muerte invertida” que, sin embargo, sigue poco estudiada:

Resulta sorprendente que las ciencias del hombre, tan extrovertidas cuando se trataba de la familia, el trabajo, la política, los placeres, la religión y la sexualidad, hayan sido tan discretas sobre la muerte. Los eruditos se callaron como hombres que eran y como los hombres a quienes estudiaban. Su silencio no es más que el gran silencio que se estableció en las costumbres en el curso del siglo XX […] El desfasaje entre la muerte novelesca, que sigue siendo comunicativa, y la muerte real, vergonzosa y callada es, por otra parte, uno de los rasgos extraños pero significativos de nuestro tiempo.5

Quizás por eso resulta tan llamativa y poco comprendida por personas de otros países la fiesta del “Día de Muertos” en México, un ritual que permanece con características regionales, pero con pocas diferencias de fondo. Quedan en pie las preguntas subyacentes a esta reflexión: ¿a qué refieren esos rituales, esas fiestas? ¿Cuánto tienen de vida y cuánto de muerte?

Independientemente de que el siglo XX fue extraordinariamente violento, marcado por guerras permanentes con altos costos en vidas humanas, que llevan implícita cierta banalización del sufrimiento y de la vida misma, resulta bastante obvio reconocer el humano temor a la muerte y algo que ya no es tan obvio: donde hay temor, también suele haber cierta fascinación. Quizás sean estos sentimientos encontrados algunos de los impedimentos para abordar el tema, transitando caminos considerados más “razonables”, más adecuados a los presupuestos del conocimiento científico.

El poder de la fascinación está relacionado con el enigma, cuya resolución se convierte en una necesidad ineluctable, un imperativo vital, de urgencia, ya que suele interpretarse como un signo del destino y su aparición puede cuestionar la estabilidad del sujeto o poner en juego los registros más diversos del conocimiento y cuestionar las formas de su enunciación. La primera característica de un enigma es que se supone una relación con lo sagrado, con un sentido manifiesto que señala, devela y oculta un sentido latente. La fascinación es un efecto del misterio. En algunas pinceladas, vamos a mencionar algunos antiguos documentos que testifican que las preocupaciones sobre este tema no son recientes.

Uno de los primeros es La Epopeya de Gilgamesh, poema asirio del año 2300 a. C. que, entre otras cosas, da cuenta de las diversas maneras de enfrentar la muerte y la búsqueda de la inmortalidad. Es una reflexión sobre lo inconmensurable de la muerte y sobre las respuestas humanas ante el gran enigma. El autor habla de “aceptación teórica; rechazo a ser consciente de ella en la persona de alguien querido; repulsión ante la descomposición física; deseo de vencerla de cualquier modo, y una especie de resignación antes de un último intento de, cuando menos, retrasarla lo máximo posible”.6

Según Critchley, otro antecedente importante fue el Libro egipcio de los muertos, que incluye 189 sortilegios para asegurar “que el alma migre a una vida astral o solar después de la muerte”,7 así como el Libro tibetano de los muertos, que describe rituales fúnebres para lograr la Iluminación que llega con la realización del Nirvana. Ese autor señala que “en marcado contraste con nuestro intoxicado deseo de evasión y huida, el ideal de la muerte filosófica tiene esa capacidad de abrirnos los ojos. Como dice Cicerón, y ese sentimiento era axiomático para la mayor parte de la filosofía antigua y resuena a lo largo de las épocas, ‘filosofar es aprender a morir’”. 8

Cuando pensamos en ella, casi siempre se trata de la muerte de otro, o nos imaginamos a nosotros mismos escindidos frente al espejo, en definitiva, como otros que se “ven” en el propio velatorio. En todo caso, resulta casi imposible representarse la propia muerte. Queda el enigma, el temor y la fascinación, la atracción irresistible, mezclada con algo de repulsión, expresada ya en el 2300 a. C. Quizás estos sentimientos no tengan que ver sólo con el enigma, sino también con el hecho de que es un fenómeno ligado a la naturaleza y sobre el cual las culturas suelen proyectar una multifacética adjudicación de sentidos. Es un enorme mural en el que nadie quiere poner su nombre, pero sobre el que todos escribimos múltiples cosas. La muerte como parte de la vida.

Trataremos de reconstruir algunos de estos sentidos en varias expresiones de los más sabios, de los poetas:

De estas calles que ahondan el poniente,

una habrá (no sé cuál) que he recorrido

ya por última vez indiferente

y sin adivinarlo, sometido

[…]

Si para todo hay término y hay tasa

y última vez y nunca más y olvido

¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,

sin saberlo, nos hemos despedido?

[…]

Creo en el alba oír un atareado

rumor de multitudes que se alejan;

son los que me han querido y olvidado

espacio y tiempo y Borges ya me dejan

Jorge Luis Borges, “Límites”, Nueva antología personal.

No voy a comentarlo; el poema es lo suficientemente claro y lo suficientemente hermoso como para desdibujarlo con palabras sobrantes. No sólo hay muertes que nos interrogan, también están las esperadas, casi podría decirse: anheladas. Suelen estar relacionadas con los golpes de la vida, con los heraldos negros, con las vivencias de pérdidas repetidas, con las experiencias de violencia cercanas a la locura o a la misma muerte. Experiencias de guerra, de desastres y de lo que resulta innombrable. Entonces, suele ser la muerte bienvenida como una liberación de terroríficos espectros. César Vallejo fantasea sobre su muerte en su exilio en Francia:9

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París –y no me corro–

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño

En México se juega con las representaciones de la muerte de muchas maneras y quizás también con el horror. Al menos durante la fiesta de Día de Muertos hay diferentes estilos; algunos intentan desmentidas o transparentan miedos ocultos con sutileza, como hace Carlos Pellicer en sus “Sonetos postreros”:10

Nada hay aquí, la tumba está vacía.

La Muerte vive. Es. Toma el espejo

y mírala en el fondo, en el reflejo

con que tus ojos claramente espía.

A propósito de la celebración del Día de Muertos en México, quisiera traer a cuenta otro tipo de versificación que, a diferencia de los poemas anteriores, exhibe un descarnado y ácido humor, tal vez como rechazo al sufrimiento o como manera de desagotar una rabia latente, familiar y a la vez extraña. La fiesta del Día de Muertos en México es una experiencia difícil de comprender para las personas que provienen de culturas diferentes ya que, a manera de acertijo o de charada, se aborda el enigma y la fascinación junto con la protesta o la rebeldía ante las diversas agresiones sufridas. De Abel de la Torre, los siguientes versos:

Rumbo a Holbox y Contoy

la muerte va apresurada

cantando: “ora sí ai” les voy

con montones de carcajadas.

¡Ay Quintana Roo, lindo eres,

mas muriendo se te ve!

Ya fallece Isla Mujeres,

ya agoniza Cozumel.

Sólo los quiero invitar,

si piensan que he exagerado,

a que vayan a mirar

los sitios que he mencionado.

Si después de haberlos visto,

reflexionas por tal suerte,

es el momento, mi amigo,

de hacerle frente a la Muerte.

No le pidamos permiso,

no sea que vaya a pasar,

que por tan bello paraíso

no quede más que rezar.

Y yo aquí con mi guitarra,

mi tequila y mi cajón,

no espero por la Calaca,

espero al diablo panzón.

Y aún espero bien despierto,

triste, solo y sin danzantes,

y es que estas fiestas de muertos

ya no las hacen como antes.11

De un anónimo:12

En este 2 de noviembre

La Calaca se enchiló:

“¿Por qué matan jovencitos

si no les toca panteón?”

Se enojó con el gobierno

De este loco copetón,

Al que nada lo conmueve,

Ni siquiera la Nación.

México era pa todos

Un lugar lindo y querido,

hoy es “CHANGARRO A LA VENTA”,

México lindo y qué-herido…

Y ya entrada la Catrina

Se zampó mil tragos desos,

tumbada en una cantina,

Que escurrieron por sus huesos.

Recordó los buenos tiempos

Cuando ella era deseada

Porque la gente moría,

No porque la mataban.

Y llegaron los cantores

Pero callados bebieron,

Ya no era “Canta y no llores”;

“Llora y no cantes”, gimieron.

Cada pulque le arrebata

Pues le da la temblorina,

Tanto muerto le da miedo

Hasta a la mera Catrina.

En otras tierras, en otras luchas y en otras formas de melancolía, así mismo se trata de poner un velo a la muerte real, sólo que disolviéndola en la muerte asumida, la que pretende garantizar su propia trascendencia, la que propone inmortalidad en los horizontes de utopías o en el recuerdo de los compañeros de lucha. De Horacio Ferrer:13

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,

que es la hora en que mueren los que saben morir.

Llegará, tangamente, mi muerte enamorada,

yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Más allá de la belleza de los poemas que seleccioné, del coraje o del miedo, de la angustia o del humor, lo cierto es que difícilmente hablamos de la propia muerte. Siempre la referimos a algo o a alguien. Tampoco se acostumbra hablar de la muerte más cercana o de la que hubiera podido evitarse; resulta incómodo, tanto para el que lo dice como para el que lo escucha.

No puedo dejar de mencionar las muertes cotidianas. Esas que no pude hacer entrar en ninguna de las categorías anteriores, las que algunos llaman de “daños colaterales”, las que están al final de las “vidas precarias” de Judith Butler.14 Las de gentes comunes que cometieron el pecado de estar en un mal lugar en el momento errado, o las de los que estuvieron también allí por la orden de un superior; y, finalmente, las de los NN –Nomen necio, nombre desconocido– que no podrán ser lloradas públicamente.

Hay algo de siniestro ritual de purificación en ellas: personas a las que la muerte ubicó en el lugar de los malos. Murieron en eventos violentos, como mueren los malos: entonces tienen que ser malos, está prescripto y no debemos preocuparnos, la muerte siempre eliminó al Mal. No me resigno a ello, ni sé qué hacer con eso. Quizás levantar la voz mientras se pueda. Con todo, sigue siendo lícito apostar por todo lo que tienen de vida, de olores, de gustos y de flores las fiestas del Día de Muertos. Pero nadie tiene el derecho de pedirme que olvide.

Bibliografía

ANÓNIMO. “No se olvida”, Proceso. 4 de noviembre de 2014, disponible en: http://hemeroteca.proceso.com.mx/?p=386713.

ARIÈS, Philippe. Morir en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días. Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008.

BORGES, Jorge Luis. Nueva antología personal. Siglo XXI, Buenos Aires, 1977.

BUTLER, Judith. Las vidas lloradas. Paidós, Buenos Aires, 2010.

CIFUENTES, David. “La Epopeya de Gilgamesh y la definición de los límites humanos”, Revista Deimos. Núm. 20, Barcelona, 2000, disponible en: http//revistas.um.es/daimon/article/view/11051.

CRITCHLEY, Simon. El libro de los filósofos muertos. Taurus, México, 2009.

DE LA TORRE, Abel. “Quintanavera”, México a través de la historia [blog]. 2011, disponible en: https://mexicotenochtitlan.wordpress.com/2011/11/05/calaveras-literarias/.

KEMPF, Hervé. “Philippe Ariès (1914-1984)”, Universalis 2014. Encyclopédie atlas dictionnaire. París, 2014.

PELLICER, Carlos. Esta barca sin remos es la mía. Universidad Veracruzana, México, 2008.

VALLEJO, César. Poesía completa. Premiá, México, 1981.


1

.-Una primera versión de este texto fue presentada en la Mesa literaria, de las Jornadas Funerarias de 2013.

2.- Doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel I. Investigadora de tiempo completo en el Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación de la Universidad Veracruzana.

3.- Hervé Kempf, “Philippe Ariès (1914-1984)”, Universalis 2014. Encyclopédie atlas dictionnaire.

4.- Philippe Ariès, Morir en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días.

5.- Ibid., p. 199.

6

.- David Cifuentes, David. “La Epopeya de Gilgamesh y la definición de los límites humanos”, Revista Deimos, p. 30.

7.- Simon Critchley, El libro de los filósofos muertos, p. 28

8.- Ibid., p. 17.

9

.- César Vallejo, “Piedra negra sobre una piedra blanca”, Poemas humanos. Poesía completa.

10.- Carlos Pellicer, Esta barca sin remos es la mía.

11.- Abel De la Torre, “Quintanavera”, México a través de la historia.

12.- Anónimo, “No se olvida”, Proceso.

13.- Horacio Ferrer, Balada para mi muerte. Poema musicalizado por Astor Piazzola

14

.- Judith Butler, Las vidas lloradas