ISSN2448-4954

No. 11, Año 6

Agosto-Diciembre 2019

https://doi.org/10.25009/blj.v0i11.2590

  

 

 

 

Un barrio en la historia de Xalapa

Vicente Espino-Jara[1]

 

 

Deseo compartir, de inicio, la lectura de un fragmento introductorio de la novela Julia o paseos matinales en Jalapa de la poeta y escritora local María del Carmen Cortés, que publicó en la Tipografía Veracruzana en 1866:

 

Paseábame una mañana de Julio por uno de los barrios situados a la orilla de la pintoresca ciudad de Jalapa, y admirando la vegetación y las grandes obras de la naturaleza, caminaba distraída por un estrecho sendero que conduce a un delicioso lugar llamado el “Chorro de San Pedro.” De pronto me encontré bajo un lindo bosquecillo de floripondios y chirimoyos, cuya agradable frescura hacía despertar la imaginación dormida, para que inspirada cantase las maravillas del Ser Omnipotente. La naturaleza ostentaba en aquel pequeño recinto sus esplendentes galas. Grandes árboles se enlazaban de uno a otro lado, viniendo sus espesas ramas a unirse en lo alto mutuamente para formar aquella selva. Un arco de enredaderas florecientes veíanse mezcladas con gusto y simetría; la rosa blanca y trepadora colgaba en festones hermosísimos, mientras el bello floripondio caía muellemente sobre el verde colchón que formaban sus hijas y botones.

 

En este fragmento notamos el propósito de aproximarnos, a través de la imaginación, a los elementos de una espléndida naturaleza que, en la sexta década del siglo XIX, caracterizaba a esta zona en la que nos hemos reunido. Al transcurrir el tiempo esta se urbanizó y en sus calles se levantaron cientos de casas-habitación, desde las más humildes hasta un chalé de influencia alemana, además de la apertura de innumerables comercios, carnicerías, tiendas, escuelas, imprentas, parques, tintorerías, sanatorios y templos, junto a personalidades que contribuyeron a forjar la idea del barrio como concepto e identidad en la imaginada construcción de la ciudad.

En los planos de 1769-1973 y 1776, se identifica el Chorro de San Pedro-Tecajetes, en el primero únicamente, y en el segundo, solares habitados por población india y otros destinados al cultivo de tierras. A partir del levantamiento que hizo el ingeniero Manuel Rivera en 1869, se identifican con exactitud el Chorro de San Pedro y el Chorro Poblano, este último en el cruce de la actual avenida Presidente Manuel Ávila Camacho y la calle conocida popularmente como la Sexta de Benito Juárez. Es oportuno señalar que la numeración por cuadras que se da a una calle que en sí tiene solo nombre obedece a un criterio de orientación y de fácil localización; en este caso, la primera de Juárez comprende desde la esquina de José María Alfaro hasta Francisco I. Madero, y así consecutivamente hasta su entronque final con la actual avenida Úrsulo Galván y la última o décima de Juárez. En la versión del plano de la Comisión Geográfico Exploradora de 1895-1912, se le llama sexta de Juárez a la cuadra entre Betancourt y Vicente Guerrero, y séptima a partir de Guerrero, en dirección al Chorro Poblano.

De esta suerte, estos dos “chorros” o manantiales fueron determinantes en la adscripción social y territorial del barrio. En esos mismos años, la calle de Guadalupe Victoria se llamó Callejón del Chorro de San Pedro y la de Juárez, a partir del cruce con Francisco Xavier Clavijero, se llamó Callejón del Chorro Poblano; a la actual Juan Manuel Betancourt se le identifica como Cuesta del Tío Machado. Es decir, en esa época esas calles eran pasos reducidos entre viviendas y terrenos.

Al respecto, Edmundo Sánchez Tagle, autor de Xalapa, memoria de una ciudad (2006) entre otras obras, nos dice que el tío Machado era un vecino de nacionalidad cubana de nombre Julián Machado y Llausas, quien estuvo casado con una xalapeña de la que enviudó, sin hijos. Sánchez Tagle describe que su carácter era afable con las personas y los niños del barrio, a quienes regalaba juguetes y golosinas y, en ciertas temporadas del año, cosechaba con ellos deliciosos jinicuiles. Aquellos pequeños por generaciones le llamaban cariñosamente “tío”; de ahí que a la antigua cuesta se le conozca con ese nombre. Por largo tiempo, esta sirvió de acceso a la finca conocida como la Casa de Campo, en las inmediaciones de la actual avenida Atletas o Venustiano Carranza.

Estarán de acuerdo en que, en estas narrativas, las fotografías nos permiten analizar las transformaciones y reconstruir un discurso iconográfico. Este es el caso de dos imágenes de la colección del ingeniero Clemente Nadal Castillo, cuyos protagonistas son niños: la primera fue tomada el 12 de diciembre de 1939 y muestra a una niña que mira de frente a la cámara, vestida con un mandil de tipo escolar, mientras espera paciente su turno para llenar la cubeta con el agua del surtidor público que se ubicaba al iniciar la cuesta pedregosa del tío Machado; atrás, en la pared, se aprecia parte de un elemento de mampostería decorativa, usual en algunas viviendas (foto 1).

                                   

Foto 1. Fuente. Cuesta Tío Machado (hoy Betancourt) casi esquina con Juárez, Xalapa, Veracruz, 1939. Fotografía de C. F. Nadal. Colección Héctor Castellanos Rodríguez.

 

La segunda, tomada en la esquina de enfrente el 24 de septiembre de 1939, tiene en su enfoque de primer plano al niño Carlos A. Castellanos, que viste un conjunto con pantalón corto de tirantes y, abrazado al poste, posa mirando de frente al fotógrafo (foto 2). Aquí los elementos de la imagen tienen particular importancia para el caso que nos ocupa, ya que nos proyecta la fachada frontal de la casa que ahora alberga a este centro de estudios universitarios. En ella observamos parte del enrejado original que aún se conserva, una marquesina para acceder a la vivienda y una calzada de piedras aventureras, como las imaginó León Felipe en su poema. Ambas fotografías, en las que predomina el uso de la luz ambiental, constituyen un referente de la cultura del barrio.[2]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto 2. El niño Carlos Castellanos. Esquina de Betancourt y Juárez, Xalapa, Veracruz, 1939. Fotografía de C. F. Nadal. Colección Héctor Castellanos Rodríguez.

 

El 3 de enero de 1920, el fuerte sismo de ese día causó el derrumbe de una torre de la capilla ‒Los Sagrados Corazones‒ que estaba siendo edificada desde 1892 por miembros del Centro Católico de San Pedro, fundado con ese propósito por don Luis Rivadeneira. De aquel trágico suceso, la Comisión Geológica Nacional informó que hay un edificio que está en construcción, que tiene características religiosas, que se ha fracturado pero que está abandonado”. Los vecinos dicen recordar que, en 1927, un sacerdote de nombre Jesús se dio a la tarea de continuar la obra hasta que se pudo terminar y lucir como la conocemos, ofreciendo servicios espirituales de fuerte ideología dominante que han favorecido la cohesión social y religiosa en un amplio sector de la zona.[3] Entre los recuerdos que han dejado los párrocos, destaca la presencia, en una época, de sacerdotes jesuitas.

Estamos frente a la vida cotidiana de un extenso vecindario donde tanto chicos como grandes se daban cita en las calles para ver bailar a los osos de pelaje color negro, al ritmo de panderetas que hacían vibrar grupos de gitanos migrantes (foto 3), y donde se verificaban convivencias fraternas con piñatas y colación en las posadas navideñas o se acompañaba el funeral de viejos y estimados residentes, como lo apreciamos en el testimonio gráfico del cortejo que condujo al ingeniero Clemente Nadal Galván al antiguo Cementerio Municipal, en abril de 1934 (foto 4).

 

 

Foto 3. Espectáculo callejero con oso, 1939. Fotografía de C. F. Nadal. Colección Héctor Castellanos Rodríguez.

 

 

 

 

Foto 4. Cortejo fúnebre de don Clemente Nadal, abril de 1934. Fotografía de C. F. Nadal. Colección Héctor Castellanos Rodríguez.

 

En cuanto a la actividad económica, fue primordial la apertura de la avenida Veracruz en 1944, a la que posteriormente se cambió por el nombre por el de Presidente Manuel Ávila Camacho. Esta obra se convirtió en un importante detonador del desarrollo de la ciudad y, particularmente, del vecindario: dos kilómetros y medio de una moderna ruta de comunicación que partía desde el corazón de la capital del estado hasta la carretera nacional México-Veracruz (Avenida 20 de Noviembre). Para 1956, la empresa Autobuses de Oriente (ADO) trasladó su estación terminal, que entonces se localizaba en la esquina de Nicolás Bravo e Ignacio Zaragoza, a un amplio terreno de la nueva avenida, generando hasta 1990 una importante movilidad en su entorno.

A esta terminal se sumaron en la zona empresas restauranteras ‒como el añorado Cantábrico que fundó Jorge, el Maño, de origen aragonés, y que acreditó por varios años más don Agustín Igartúa, quien merecerá siempre un gran reconocimiento‒, el Hotel Xalapa y la estación de servicio de gasolina frente al legendario nacimiento de agua del Chorro de San Pedro (Tecajetes), mismo que, en los años sesenta, el ayuntamiento habilitó como parque infantil para, posteriormente, instalar un zoológico que durante mucho tiempo fue sitio de encuentro de las familias xalapeñas y de gran atracción para los visitantes. Después, en las últimas administraciones municipales, se habilitó el mismo sitio como parque con reserva natural y refugio del mermado Chorro de San Pedro. Este sirvió de inspiración, en 1886, al artista potosino Cleofas Almanza, que pintó la cañada en la perspectiva de los volcanes en un óleo de formato grande que ahora pertenece a la colección del Museo Nacional de Arte, en la Ciudad de México.

Entre los elementos decorativos de la vital arteria, destaca por su belleza sin igual la escultura dedicada a la madre, obra concebida por el artista José Ruiz Hernández y el arquitecto Sergio Besnier. Este monumento atrajo en un principio el rechazo público de algunas virtuosas damas que ‒con cierto cariz de rivalidad‒ encontraron en ella algo de lo que carecían; fue una crítica fugaz, sin duda superada con creces ante el dinamismo y la naturalidad de tan digna y única representación en la glorieta que da acceso al parque infantil Elisa Alarcón Godos, en el cual innumerables niños han disfrutado jugando en las vistosas resbaladillas forradas de azulejos, sobre el barco con sus velas gimnásticas y ante el enorme globo terráqueo que a muchos nos ayudó a comprender la inmensidad del planeta, en un jardín que actualmente alberga a un mágico rincón de títeres llamado Merequetengue.

Por el norte, el crecimiento no fue menos importante. La antigua calle de Bernardo Sayago se fue abasteciendo en bienes y servicios, a la par límite y frontera sobre el viejo camino a la fábrica de San Bruno, entre muchas vecindades en un tiempo alejadas de la vida urbana. En este sentido, la calle de Betancourt y su prolongación de la cuesta del Tío Machado iban a fungir como núcleo de los vínculos que cohesionan a los habitantes de más de una decena de manzanas que convergen con un sentido flexible de pertenencia e interacción, desplazándose hacia el oriente con el propósito de satisfacer sus necesidades básicas en los otrora mercados Vázquez Vela, Grande o Jáuregui.

En síntesis, habitar en o cerca de la calle de Betancourt y los cruces de Juárez, Manlio Fabio Altamirano y Victoria provocaba de inmediato el encuentro –ahora quizá simbólico– con un vecino conocido o con los comercios que perduraron en el tiempo, como la desaparecida imprenta La Gota, que sirvió de referencia al cruce de Victoria con Betancourt, función compartida con la carnicería de don Lencho, estimado tablajero, considerado un personaje popular por sus más de cincuenta años al frente de su negocio. También en la cuadra siguiente, en el cruce con Guerrero, quizá bien valga la nostalgia por El Museo Marino, imagen y publicidad de la tienda de doña Eulalia Gutiérrez.

Todo ese crecimiento transformó sustancialmente aquel pintoresco barrio decimonónico, en una zona anexa al antiguo casco del centro urbano de la ciudad, lo cual, sin embargo, no fue incluido en la declaratoria federal de monumentos históricos que tiene por límite la calle de Francisco Xavier Clavijero. Hasta aquí el concepto de colonia no prosperó frente a la distribución postal, diluyéndose en los recuerdos la asociación a los viejos manantiales o chorros de agua.

Con respecto a la identidad del abogado y educador porteño Juan Manuel Betancourt, la historiadora Ruth Solís Vicarte, en su libro Las calles del Centro Histórico: los personajes que le dieron nombre, nos refiere que este nació en la ciudad de Veracruz en 1860, que en su vida laboral y profesional se desempeñó como editor de periódicos lo mismo en el puerto que en Orizaba y en Xalapa, y que desarrolló, además, una carrera política como diputado local y federal. También asegura que, en el ámbito educativo, fue cercano colaborador del exgobernador Juan Enríquez, así como del pedagogo Enrique Rébsamen, con quien estuvo en la formación de la Escuela Normal de Profesores; y que fue debido a su sensibilidad e ideales de humanidad que la calle Betancourt lleva, en su honor, ese nombre.

En cuanto a una mirada interna, es obligado citar algunas personalidades y aconteceres, a cuyo respecto bien vale no olvidar La Camelia, aquella famosa tienda de abarrotes en la esquina de Benito Juárez y el callejón del Tío Machado, cuyo propietario, el señor César Galván, fue asesinado hace algunos años tras un asalto en el interior de su vivienda. A ese lamentable suceso se sumaron otros tristes homicidios, como el cometido contra dos varones de origen estadounidense con domicilio en las primeras casas en descenso sobre la Cuesta, crimen al parecer cometido por homofobia, según los encabezados de los periódicos de la época. En años recientes, por cierto, ocurrió en la calle de Altamirano, entre Guerrero y Betancourt, el deceso igualmente violento del prestigiado académico José Luis Blanco, hijo de uno de los históricos líderes agraristas y del movimiento inquilinario que sobrevivieron a Úrsulo Galván y a Carolino Anaya: Sóstenes M. Blanco.

Otro personaje destacado de la zona fue el doctor Andrés Domínguez Lagunes quien, en sociedad con los también médicos Félix Manuel Fornagera Saldaña y Gastón Galindo y Pensado, fundaron el Sanatorio Guadalupe, en la calle de Clavijero, a unos pasos de la esquina con Altamirano, brindando a la ciudadanía servicios profesionales de salud, mismo cometido que realizaba el Sanatorio Nachón en la calle posterior de José Azueta, antes segunda de Macuiltepec, y cuyo dueño fue el famoso médico Luis F. Nachón. Siguiendo esa ruta ascendente, en la esquina poniente se yergue parte del antiguo caserón que fue propiedad del comerciante Eliezer M. Espino y que ahora pertenece a sus descendientes. Por otra parte, la familia del desaparecido médico Domínguez fue numerosa y algunos de ellos se han dedicado al giro restaurantero, ofreciendo a los xalapeños y visitantes alimentos de excelente calidad en la fonda llamada El Itacate.

La familia Nandayapa incrementa la lista de los antiguos vecinos, con una trayectoria de esfuerzo y constancia en la comercialización de maletas y equipajes de gran tradición xalapeña; otros fueron la doctora Salomé Virues, docente y subdirectora del Colegio Preparatorio, y el señor Carlos Huesca, funcionario de Obras Públicas y Comunicaciones en las décadas de los treinta a los cincuenta, quien intervino en la urbanización de varias calles de la ciudad. Asimismo, hay que agregar el grato recuerdo de Blanca Lucía Nadal Castillo (1918-2014), quien aseguraba había llegado al barrio en 1925, en compañía de sus papás y sus hermanos, desde su amada Antequera. Blanquita, como cariñosamente la llamábamos, tuvo el don de la palabra para contar historias y recuerdos. A esas interminables charlas debemos buena parte del oficio de conversar, pues ella, en su carácter institucional de Consejera de la Crónica Xalapeña, nos orientó para identificar la casa donde habitó el extraordinario artista plástico de origen catalán Joan Bernadet y Aguilar, hasta su fallecimiento en 1932. Dicha casa ahora se encuentra transformada en el Hotel Boutique San Antonio, junto al domicilio del desaparecido don Enrique Hobart, apreciado comerciante de lubricantes automotrices, sin dejar de mencionar que, en la Quinta de Juárez, tuvieron sus residencias el comerciante y exalcalde Guillermo Tamborrell, además del poeta y escritor Cayetano Rodríguez Beltrán, ex director del Colegio Preparatorio de Xalapa.

Pasos más adelante, aún se conserva la casa del profesor Guillermo MacKinley, también ex docente del Colegio, donde ahora vive su hija Irma, quien por algunos años administró nuestra nonagenaria Orquesta Sinfónica de Xalapa. A escasa distancia, en el 121, permanecen los ventanales que en una ocasión fueron premiados dada la bella decoración floral que los engalanaba y que daban resguardo y orgullo al hogar de Blanquita.

Las sorpresas del paisaje urbano aún perduran en el legendario, mítico y, a veces, hasta inverosímil Patio de Santa Elena, sobre el que se han tejido innumerables leyendas urbanas. Estas van desde la obligada sucesión testamentaria inconclusa, la posesión de buena o mala fe y el aparente “abandono” de sus moradores. Lo cierto, como me han asegurado varios vecinos, es que la ruina provoca temor e inseguridad.

No debemos dejar de mencionar las escuelas del entorno: la Abraham Castellanos –ahora reubicada–, la Manuel R. Gutiérrez, la Escuela Industrial y el Colegio Motolinía, que han acumulado un valor positivo de confianza individual y grupal por parte de los vecinos que las legitiman. En otro orden de actividades están las cantinas; algunas, operando fuera de la legalidad, se ocultaban y únicamente se accedía a su interior mediante una discreta clave, como fue el caso de La Cueva, de propietario desconocido, que se disimulaba sobre la calle de Altamirano casi esquina con Betancourt, y que era frecuentada por otro distinguido vecino, originario de la ciudad de los treinta caballeros que, a la postre, alcanzó a ejercer la primera magistratura estatal.

Aquí es oportuno citar que el nombre de la calle se debe al político xalapeño Manlio Fabio Altamirano, asesinado en el restaurante y cafetería Tacuba, en la capital del país. Altamirano habitó en el número 59 –entre José Azueta y Clavijero‒, donde se exhibe en la fachada una placa alusiva, instalada en junio de 1936. En la acera de enfrente, no puede pasar desapercibido el número 44, con su escudo cívico de la ciudad en cantera labrada: la vivienda del prestigiado maestro y normalista Arnulfo Pérez Rivera (q.e.p.d.).

Otra aislada cantina estuvo al borde de la barranca que nos conducía al Chorro Poblano, justo donde ahora está el teatro de títeres. Este lugar se llamó El Despeñadero, por razones obvias, recordaba don Melitón Hernández Sánchez, viejo jubilado que había sido garrotero del ferrocarril interoceánico y que vivió frente al chalé ensamblado en la década de 1920 por el ingeniero Miguel Ángel Matus, chalé que, ya próximo a cumplir cien años de levantado, merece el beneficio de un decreto gubernamental que lo declare, en lo público, patrimonio artístico y cultural de los veracruzanos. En la topografía social del barrio ya tiene asegurado un importante valor, asociado a los recuerdos o remembranzas de ese vecindario.

Para cerrar el registro de vecinos de este histórico barrio, deseo mencionar el molino de café del señor Ubaldo Apodaca, en Guerrero 45; al médico y docente Rafael Riveros, en el callejón de Jesús Carranza; y a la apreciada profesora Teresa Gorozpe, en Altamirano 90, docente del Colegio Preparatorio, quien portó el fuego olímpico en su paso por la ciudad en 1968. De la misma calle, en el número 93, haremos mención de la señora Lucila Jara Palmeros viuda de Lajud, comerciante de bonetería; y, sobre la calle de Juárez, en el 99, del matrimonio formado por don Francisco Navarro y Amalia Méndez, así como del señor Cruz Rodríguez Gerón, galeno de indiscutible calidad humana.

Cabe mencionar que, en los años ochenta del siglo XX, el ayuntamiento propuso una ampliación de la calle, en beneficio de los vehículos y en agravio de los peatones y de varios inmuebles que perdieron sus fachadas originales. Afortunadamente, una gran mayoría de los vecinos la objetaron; a eso se debe que, al caminar sobre la acera norte de la calle de Benito Juárez, encontremos diferencias notables en el alineamiento de las viviendas.

Con esta breve crónica, intentamos aproximarnos a la comprensión del espacio físico y social que rodea el chalé de la familia Matus, que después adquirió y rehabilitó el señor Jorge Saldaña, hasta su incorporación como bien propio de la Universidad Veracruzana, destinado hoy a albergar el Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación, lo que facilita revalorar el inmueble en sus nuevas relaciones con el entorno y la vida del viejo barrio (foto 5).

La estrategia, para quienes trabajamos en la recuperación de la memoria, será reunir más información para identificar lazos de adscripción al espacio periférico representado por los vecinos de la calle Betancourt y calles conectadas con esta. Supongo acciones concertadas que medien entre la cultura universal y la cultura de su entorno; de ahí que el escenario deseable será descubrirse observado en el centro de una exposición colectiva de retratos de las familias que habitaron y de aquellas que hacen su vida cotidiana en los innumerables hogares y comercios de estas calles.

 

 

Foto 5. Juárez esquina con Betancourt, Xalapa, Veracruz, 1937. Fotografía de C. F. Nadal. Colección Héctor Castellanos Rodríguez.

 

 


[1] Cronista Municipal de Xalapa. Correo: espinojara7@hotmail.com  Ponencia presentada el 23 de marzo de 2018 en el marco de los festejos del noveno aniversario del Centro de Estudios de la Comunicación, UV.

 

 

[2] Agradezco al excelente amigo Héctor Castellanos Rodríguez, familiar de Blanquita Nadal, por compartirnos tan significativas fotografías y permitir que sean incluidas en esta publicación.

[3] Cabe mencionar también, en cuanto el elemento religioso de la zona, la presencia de una iglesia evangélica pentecostal, a partir de los años cuarenta, en la tercera calle de Vicente Guerrero.

 

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Balajú. Revista de Cultura y Comunicación de la Universidad Veracruzana. Año 6, número 11, agosto-diciembre de 2019

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