NÚMERO 12

Enero – Junio 2020

Issn: 448-4954

Bestias y animales: humanos en El furgón de los locos

Beasts and Animals: Humans in El furgón de los locos


Hazel Rocío Hernández Guerrero1



Resumen

Este artículo tiene la finalidad de mostrar que en El furgón de los locos el escritor uruguayo Carlos Liscano recrea a los personajes de la cárcel y del calabozo de tortura como seres empujados a los límites de la animalidad, para lo cual se realizará un análisis de fragmentos de la novela donde los personajes presentan conductas animales, de acuerdo con las pautas definidas por Giorgio Agamben y Jacques Derrida, relativas a la frontera entre el hombre y el animal, así como a la posibilidad de un devenir animal del hombre. Lo anterior se sustenta en que la novela presenta dos grupos de personajes: los torturadores, que privan de libertades y derechos a los torturados, y los presos, a quienes se les niega decisión de cuándo y cómo comer, dormir, ir al baño, hablar, etc.: acciones que los llevan al nivel de un animal sometido y dócil mediante la fractura de su humanidad.


Palabras clave: Animalidad, bestialidad, tortura, dictadura



Abstract

This article aims to show how Uruguayan writer Carlos Liscano, in El furgón de los locos (Truck of Fools), recreates his characters in prison and the torture chamber as beings pushed to the limits of animality. It does so by analyzing sections of the novel in which the characters exhibit animal behavior, using traits defined by Giorgio Agamben and Jacques Derrida regarding the frontier between man and animal, as well as the possibility of becoming-animal inherent in the human being. It argues that the novel presents two groups of characters: the torturers, who deny the tortured their rights and freedoms; and the tortured, who are prevented from deciding when and how to eat, sleep, use the bathroom, speak, etc.: actions that situate them on the level of a subjected and docile animal via the fracturing of their humanity.


Key words: Animality, bestiality, torture, dictator


Bestias y animales: humanos en El furgón de los locos


Hazel Rocío Hernández Guerrero


Introducción

El furgón de los locos (2001) es una novela autobiográfica del escritor uruguayo Carlos Liscano (Montevideo, 1949). Se encuentra dividida en tres partes. La primera tiene como eje la muerte de los padres de Liscano mientras este se encontraba preso por sus acciones políticas como parte del movimiento Tupamaro; la segunda consiste en la narración de la tortura que Liscano sufrió en la cárcel; y la tercera narra la experiencia y las sensaciones de este durante el proceso de su liberación, trece años después de haber sido capturado. El título de la novela surge del viaje que hicieron los últimos presos políticos la noche del 14 de marzo de 1985, noche en la que, entre la esperanza y la confusión, fueron trasladados, uno por uno, los locos a sus hogares, en libertad.

Al ser un texto autoficcional, el lector entiende que el personaje, de apellido Liscano, es un militante tupamaro capturado durante la dictadura de José María Bordaberry. Esto se conoce gracias a la información pública sobre el escritor, pues esta información no aparece en el cuerpo del texto. Cada parte de la novela relata, por medio de pequeñas entradas, numeradas para cada apartado, anécdotas y reflexiones relacionadas con distintas etapas de la vida de Liscano, recordadas a partir de las experiencias en la cárcel, donde la sensorialidad aparece como punto focal otorgando a los personajes características animales. La intención de este artículo es mostrar que el escritor Carlos Liscano recrea a los personajes de la cárcel y del calabozo de tortura como seres empujados a los límites de la frontera entre humanos y animales; esto sustentado en las reflexiones de Giorgio Agamben en lo tocante a la frontera entre el hombre y el animal, establecida por filósofos como Martin Heidegger, y por las afirmaciones de Jacques Derrida relativas a la posibilidad de un devenir animal del hombre, así como de la existencia de una frontera permeable entre animalidad y humanidad.

Antes de iniciar el análisis de las posibilidades de la animalidad de los humanos en la novela de Carlos Liscano, propongo una lectura de El furgón de los locos donde el mundo propuesto dentro del texto se entienda como uno dividido en tres partes: zenit, horizonte y nadir. De este modo, la línea del horizonte representa el espacio donde se mueve el ser humano común (aquel no afectado por la tortura o por la prisión); el zenit queda como un lugar reservado para los pensadores y escritores que hacen del logos la herramienta principal de afirmación del ser en términos heideggerianos; de esta misma forma, el nadir se establece como el espacio de negación del logos, donde los valores se hallan distorsionados y la animalidad antropófora sale a relucir de dos formas distintas (bestialidad y animalidad desvalida).


Animal

Giorgio Agamben se ha preocupado por estudiar dónde inicia y dónde termina la humanidad, a partir del problema de la delimitación de la frontera entre el animal y el hombre, tomando en cuenta los postulados de Martin Heidegger. De esta forma encuentra que el humano es determinado por su negatividad, y animal es una de las cosas que no es (y es, a la vez). En El lenguaje y la muerte, Agamben (2008) inicia su disertación citando una parte de la tercera conferencia de La esencia del lenguaje de Heidegger, donde el filósofo desarrolla, a lo largo de las dos primeras conferencias, la relación entre el pensamiento y el habla a través del decir:


Si la proximidad de poesía y pensamiento es la del decir, entonces nuestro pensamiento llega a la suposición de que el advenimiento apropiador prevalece como aquel Decir donde el habla nos dice su esencia. Su consentimiento no divaga en la vaciedad. De hecho, ya ha dado en la meta. ¿A quién sino al ser humano? Porque el ser humano solo lo es en la medida en que es prometido al decir confiador del habla; en que está puesto en uso y necesitado para el habla, para hablar el habla (Heidegger, 1990: 175-176).


Cuando Heidegger afirma que la vecindad paralela entre el pensamiento y la poesía tiene su proximidad en el decir, y que solo el humano “dice” en el sentido de desear dejar constancia de sí, se refiere al animal como aquel que no puede tener experiencia de la muerte, así como tampoco puede hablar: “Los mortales son aquellos que pueden hacer experiencia de la muerte como muerte. El animal no es capaz de ello. Tampoco puede hablar” (Heidegger, 1990: 193). Así, el animal que no deja constancia de su existencia mediante el habla es opuesto al humano que posee un lenguaje y que sí experimenta la muerte. Pero no solo la muerte y el lenguaje definen al humano. Agamben subraya que a Heidegger le preocupó también ese nexo entre lenguaje y muerte que termina por definir al humano a través del deseo de trascendencia. Eso será el Dasein y la capacidad del hombre de estar en lo “abierto” del ser; es decir, el hombre se considera como un formador de mundo. Si bien la esencia del lenguaje no es la voz animal, Agamben deja ver que esa esencia puede estar en el nexo entre lenguaje y muerte, en el desear hablar para dejar constancia de la propia vida. Con lo anterior en mente, al leer El furgón de los locos, surge la pregunta en cuanto a qué constancia de la existencia puede quedar en un lugar donde el logos es negado y el preso solo es un número y una posesión del torturador.

En el ensayo “El lenguaje de la soledad”, Carlos Liscano (1998) toca el tema de la animalidad y la palabra en un sentido similar al que aparece en El furgón de los locos, pero desde una perspectiva distinta a la de la novela. De esta manera encontramos que, en el ensayo, a diferencia de en la novela, el escritor le explica al lector la importancia de las palabras:


En noviembre de 1972 se inauguró en Uruguay una cárcel para presos políticos. Era una cárcel rara, una especie de reino negativo del logos. Allí lo fundamental era la palabra, pero por ausencia y deformación. Era un sitio donde las palabras perdían el significado más o menos aceptado por la convivencia y los diccionarios, para adquirir otros, imprevisibles. Comenzando por el nombre del lugar. Se la conocía como “Cárcel de Libertad” (Liscano, 1998: 45).


Lo anterior tiene una fuerte relación con los pasajes de la novela donde las palabras pierden el sentido comúnmente dado y adquieren uno propio de la prisión, uno que es compartido por los reclusos:


El preso tiene otros problemas más importantes, o uno solo: la tortura. Y la tortura significa tratar de no hablar, de olvidarse de todo lo que sabe. Pero no es buena técnica pensar que se podrá olvidar. Porque en el momento menos pensado, en el tormento, la memoria vuelve. Entonces no se trata de olvidar sino de guardar la información en el lugar más escondido del cerebro, y cerrarlo a cualquier intrusión, hasta la del propio dolor, que obliga a abrir el sitio donde está lo que el torturador quiere saber.

Pero, por si el dolor logra abrir el sitio de la información, es mejor organizar las respuestas a posibles preguntas. Si me preguntan esto digo tal cosa. A fulano no lo conozco. Y a fulana la conozco desde que éramos niños, no tengo ninguna relación política con ella, sólo amistad. En eso se le van las horas al preso (Liscano, 2001: 97).


Si al preso, además de obligarlo a procurar la mera supervivencia, se le obliga a perder la palabra coherente, a generar un lenguaje de silencios y de códigos rotos, y así apartarse del logos trascendental, se presenta un alejamiento de lo humano que deviene en animalidad. Al perder la libertad, el placer y la palabra, la relación con el cuerpo herido crece y ese dolor nubla otras preocupaciones, manteniéndolo menos atento al mundo que lo rodea. En El furgón de los locos se narra el dolor del protagonista torturado en una compleja relación con las causas no dichas, y que el lector debe intuir, del encarcelamiento de Liscano, pues los motivos políticos y la militancia del escritor con los tupamaros en su juventud no aparecen claros en esta novela autoficcional, quedando reducidos a la mención de los compañeros de celda, al conocimiento de tal o cual militante muerto y al saber popular de que los jóvenes militantes fueron torturados por sus ideas políticas antes de y durante la dictadura uruguaya.

Esa renuncia para hablar de las causas políticas da cuenta de un proceso de abandono de la humanidad ligada con la pertenencia a la especie del zoon politikon, y aunque sea un proceso que no se completa, su inicio es determinante en la novela para hacer notar la relación del torturado con su vida natural. De este modo, uno de los aspectos que sobresalen es la relación del preso con su cuerpo, o del humano con su vida desnuda, es decir, las pulsiones animales más básicas. En la novela de Liscano, el autor muestra la realidad cruda que recuerda la animalidad dentro de cada humano, ese rasgo antropóforo que puede tornarse en contra del hombre.

La cuestión de qué hace animal al hombre o qué lo separa de este es retomada por Agamben en un libro dedicado por completo a esta preocupación. En Lo abierto. El hombre y el animal, Agamben (2016) estudia la filosofía de Heidegger en busca del límite o del espacio fronterizo donde se da la posibilidad de regresar a la animalidad, pues, desde el pensamiento de Heidegger, el animal se diferencia del humano ya no solo por el lenguaje, sino por su manera de percibir el mundo y su forma de desenvolverse en él; así, detalla la manera en que el filósofo dividía a los seres como privados de mundo (una piedra, por ejemplo), pobres en mundo (todos los animales) y formadores de mundo (el humano). Desde este punto de vista, el ser humano es el único que puede ver lo abierto, porque tiene una conciencia del espacio y del tiempo, porque no vive solo el momento por el cual transita, sino que siempre ve hacia un pasado o vislumbra un futuro. Entonces cabría suponer que el animal no tiene percepción del tiempo, al menos no del mismo modo que el humano. Además, Agamben afirma que el biólogo Jakob von Uexküll muestra que no existe un mundo unitario, ni un tiempo y un espacio iguales para todos los seres vivos; es decir que las relaciones que cada animal tiene con su ambiente no suceden en el mismo mundo que el de los humanos (Agamben, 2016: 80). De esta forma los humanos, al ser formadores de mundo, se encuentran en la posibilidad de ver los mundos de otros animales, lo cual no sucede de manera inversa, pues el mundo del animal solo se relaciona con sus necesidades inmediatas debido a su pobreza de mundo. La relación entre los postulados de Heidegger y la novela de Carlos Liscano se da cuando entendemos al narrador como un ser formador de mundo que relata las experiencias de un ser escindido, del cual una de sus partes ha sido despojada de su humanidad mediante la supresión del mundo conocido.

Por otra parte, la forma en que se relata la tortura, en el impersonal “el preso”, sirve para desligar psicológicamente al narrador del protagonista que desde el principio estableció ser el mismo Liscano; pero esa separación también sirve para dar claridad a los momentos en que el preso se hallaba aturdido; a eso se debe que cuando está sucio, enfermo y viviendo en la porquería, entra el impersonal que explica, en un intento del narrador por racionalizar lo vivido, las sensaciones de ese animal humano:


Para llevar un preso al baño, que está a tres metros, tiene que sacarle las esposas de atrás y ponérselas adelante, y luego volver a cambiarlas. Eso irrita al soldado, y quizá incluye para él cierto peligro. Resultado: no lo lleva al baño. El preso espera, y al final, queriendo o sin querer, se orina encima. En el frío del invierno la orina que corre por la pierna y moja el pantalón genera un instante de placer. El calor de la orina, aunque uno sepa que dejará olor, y que va a irritar la piel, alivia el frío y la vejiga por un instante.

Cagar es un objetivo superior. Hay que hacerlo encapuchado, y por tanto uno no ve el agujero en el piso. Hay que cambiar las esposas para adelante. Luego el soldado tiene que quitarle las esposas cuando el preso termina y necesita limpiarse. Después volver a ponérselas atrás. Son muchas operaciones (Liscano, 2001: 91).


Que los personajes de la novela tienen aproximaciones con lo animal tiene sustento en las reflexiones de Agamben, cuando explica la forma en que el animal percibe el mundo en función de una pobreza de mundo entendida como un aturdimiento, es decir que “el ente, para el animal, está abierto, pero no accesible; está abierto en una inaccesibilidad y en una opacidad, es decir, en cierto modo, en una no-relación. Esta apertura sin develamiento define la pobreza de mundo del animal respecto de la formación de mundo que caracteriza al humano” (Agamben, 2016: 103). Ese aturdimiento mediante el cual el animal “está abierto, pero no accesible” es su capacidad de vivir solo el momento, es lo que al final Agamben va a señalar como la capacidad del humano en devenir animal. Las reflexiones de estos filósofos sirven para aproximarnos a la forma en que Liscano caracterizó al torturado y a sus torturadores, pues el aturdimiento, la muerte, el dolor y la niñez aparecen como momentos reveladores de la animalidad sustentada por oposición a los conceptos del Dasein y del formador de mundo de Heidegger, que definen lo que diferencia al humano del animal.

En el proceso de representar al animal humano se encuentran dos vertientes; una es la del torturador que se analizará más adelante y la otra es la del torturado visto como un ser aturdido que por momentos se aproxima al animal y solo puede ver el presente. El tiempo en este caso es un marcador importante de animalidad y de humanidad en la novela, porque las acciones narradas obedecen al presente, al pasado y al futuro dentro de la historia; pero para las situaciones donde se narran las torturas y pesares del preso se encuentra que el tiempo del torturado deja de existir, él vive un presente perpetuo.2 Sin embargo, como veremos a continuación, no solo el preso Liscano es privado de tiempo: asistiremos a otros momentos de la historia donde su cualidad humana es negada.

Al iniciar el primer capítulo de la novela es posible encontrar esos rasgos de animalidad inherentes a todo humano. Por ejemplo, cuando se toca el tema del tiempo podemos ver que al niño Liscano le es negada la herramienta para medir el tiempo. Ese ser en formación aún no cuenta con el don del tiempo que se posee al ser un formador de mundo: “Acabo de cumplir siete años. Estoy aprendiendo la hora, pero no tengo reloj. En esta época sólo los adultos tienen reloj. Un reloj es un instrumento serio, caro, de mucho cuidado. No se les entrega a los niños” (Liscano, 2001: 11). La animalidad se reafirma también, con la descripción por parte del narrador relativa a la diferencia entre el padre y la madre a través de los sentidos del niño:


Ahora acaban de despertarme y no sé qué hora es. No sé la hora, ni esta hora específica ni la hora en general. Mi padre intenta vestirme. Mi padre es torpe. Siempre es torpe, no importa lo que haga. Es fuerte y torpe. Mi madre es mucho mejor que mi padre, siempre me entiende, y siempre es suave. Mi madre es fuerte y hábil y suave. Por eso, aunque apenas se mueve, mi madre ayuda a mi padre a vestirme (Liscano, 2001: 12).


Al hecho de no saber la hora se une el aspecto de la descripción del carácter a través de adjetivos como “torpe”, “fuerte” o “hábil y suave”, que refuerzan la imagen de un humano más cercano a su naturaleza animal que a la racional. Por supuesto que se trata de un recurso del narrador para describir al infante ante una situación desconocida, pero también da un precedente narrativo para las descripciones corporales del torturado en el calabozo.

En la novela se presentan dos formas distintas de ver al protagonista. Por un lado, tenemos al Liscano del recuerdo que experimenta el mundo en función de su cuerpo y de la negación de un logos coherente; por otro lado, se encuentra el narrador protagonista que se reivindica como ser humano a través de la reflexión consciente de los hechos del pasado y de su sistematización por medio de la escritura. El proceso de caracterización animal del protagonista aparece desde la introducción en cursivas de la novela, donde las sensaciones tienen más importancia que la razón del personaje:


Hace días que estoy en un cuartel del Ejército, encapuchado hasta los hombros; el pantalón, la camiseta, el calzoncillo, los zapatos empapados. Tengo 23 años. No sé qué día ni qué hora es. Sé que es de noche, tarde. Acaban de traerme de la sala de tortura, que está en la planta baja, bajando la escalera, doblando a la izquierda. Se oyen los gritos, un torturado, otro, y otro y otro, toda la noche. No pienso en nada. O pienso en mi cuerpo. No lo pienso: siento mi cuerpo. Está sucio, golpeado, cansado, huele mal, tiene sueño, hambre. En este momento en el mundo somos mi cuerpo y yo. No me lo digo así, pero lo sé: no hay nadie más que nosotros dos. Pasarán muchos años, casi treinta, antes de que pueda decirme qué es lo que siento. No decirme “qué se siente” sino qué sentimos él y yo (Liscano, 2001: 7).


En este párrafo, la narración consciente de las vivencias traumáticas de un humano animalizado marca el tono de la novela, pues es así como el escritor presentará las dos facetas del protagonista: la del narrador que reflexiona desde la lejanía del tiempo esa vida en prisión y la del animal que comparte, en un presente perpetuo, la miseria con los presos y con los torturadores en el calabozo, en ese tacho donde los sentidos parecen más despiertos al dolor y al asco que al mundo que lo rodea:


El agua del tacho está sucia y maloliente. El preso puede vomitar en el agua, dejar su saliva, pelos, la dentadura postiza. El trabajo de los torturadores no es un trabajo fácil [...] Al bramido de los presos se suman los gritos de los torturadores. Hay olor a tabaco, a sudor, a alcohol, a orín, a desinfectante de excusado. Hay olor a miseria humana, que es un olor· indefinible, pero que existe, inunda las salas de tortura del mundo. Aquí hay olor a dos tipos de miseria: la del torturado, y la de los torturadores. No son iguales, los olores. Tampoco las miserias, pero afectan al mismo animal (Liscano, 2001: 76-77).


En la segunda parte de la novela se establece progresivamente el acercamiento a la animalidad que inicia con la pérdida de la noción del tiempo, sigue con la pérdida del nombre, continúa con la tortura corporal y se consolida en la pertenencia del preso al grupo de los miserables que viven entre la peste y la penumbra. Junto con la supresión de los derechos y de la libertad, resalta el estado de indefensión animal a la que el preso está sujeto, como puede verse en las siguientes líneas:


Es necesario comer toda la comida que se reparte, descansar hasta cuando se está de plantón, dormir hasta mojado, encapuchado y esposado en la espalda. Quizá la peor sensación sea la de ser levantado violentamente cuando uno está durmiendo para ser metido dentro del tacho a los dos minutos (Liscano, 2001: 78).


El humano del calabozo es orillado a adaptarse a situaciones semejantes a las de la vida salvaje, donde se come, se duerme y se sobrevive sin saber qué depara el futuro, es decir que se vive en un presente aterrador con pocas posibilidades de planeación; solo que, en lugar de estar en el despoblado, libre de morir, se halla en una condición peor. El preso, ahora animal enjaulado, ve disminuida su capacidad de ser-en-el-mundo y de ver los mundos, tiempos y espacios posibles de otros seres, ya que el torturador solo le permite verse a sí mismo en calidad de cuerpo y objeto.

La novela muestra distintos grados de animalización, relacionados con el lugar físico en que se encuentre el ser afectado. El estrato de mayor animalización coincide con el nadir más profundo, el tacho; a este le sigue la cárcel donde el nivel de tortura baja pero los derechos del preso se encuentran en estado indefinido; finalmente está la frontera permeable entre el nadir y el horizonte, donde habitan los familiares del preso que son repudiados por la sociedad. Esto aparece expresado brevemente al hablar del suicidio del padre de Liscano: “… la tristeza de vivir en un país donde tener un hijo en el penal de Libertad era peor que cargar la peste. No pudo más, eligió morir” (Liscano, 2001: 30). Por otra parte, encontramos a las bestias, que cruzan libremente entre el nadir y el horizonte. De ellos hablaremos a continuación.


La bestia

En líneas anteriores se planteó el devenir animal del humano como una forma de estar aturdido. Así, en el entendido de que el animal no ve lo abierto heideggeriano, surge una duda: ¿un animal puede ser bestial? En El animal que luego estoy si(gui)endo, Derrida (2008) considera como una “animalada” por parte de los filósofos haber puesto de un lado al hombre y del otro al animal, debido al consenso general entre los filósofos de que el límite entre el hombre y el animal era único e indivisible (spoiler alert, no lo es):


Volveremos a hablar quizá de la animalada y de la bestialidad más adelante, como de aquello de lo que los animales están en todo caso por definición exentos. No sería posible hablar, no se hace nunca por lo demás, de la animalada o de la bestialidad de un animal. Ésta sería una proyección antropomórfica de lo que queda reservado al hombre como la única garantía finalmente y el único riesgo de un “propio del hombre”. Podemos preguntarnos por qué el último atrincheramiento de un propio del hombre, si lo hay, la propiedad que, en ningún caso, podría atribuírsele al animal o al dios, se denominaría de este modo la animalada o la bestialidad (Derrida, 2008: 58).


En esta disertación está integrada una reflexión en torno a la imposibilidad de la bestialidad en el animal. Es remarcable que, a pesar de la línea divisoria entre animal y hombre, la frontera se encuentre constantemente amenazada por el temor al devenir animal del hombre. Irónicamente, el hombre se define como tal sobre el conocimiento de ser el único viviente capaz de bestialidad. Las formas en que un humano deviene animal son variadas. Quizás la más terrible de ellas, para los demás humanos, sea la aproximación a la bestialidad.

Como ya se había anunciado líneas atrás, la otra opción que apunta hacia la animalidad, en la novela de Liscano, es la del torturador como un ser bestial que, al adquirir conductas salvajes y predatorias, se aleja de la animalidad del torturado y entra en un sistema de tensiones entre ser humano y dejarse llevar por la violencia.3 Por lo tanto, el torturador se muestra al torturado como el ser bestial con poder de elección que posee al preso, carente de derechos:


Cuando el preso pide que lo dejen respirar, que no le peguen, pide para ir al baño, miente, inventa, se humilla, el responsable está allí. Cuando el preso siente frío, hambre, sed, gime bajo la capucha, el responsable está allí. Cuando el preso es carne dolorida, orinada, maloliente, un pingajo empapado sobre un colchón mugriento, el responsable está allí. Al responsable nada del detenido le es ajeno (Liscano, 2001: 81).


El torturador no puede entrar en la misma categoría animal que el preso porque constantemente busca la lógica de sus actos para justificarlos, y en esa búsqueda que implica reflexión y la mirada a futuro se elimina la posibilidad de estar en el mismo estrato animal que el torturado:


A veces, en la madrugada, el responsable se hace un momento para ir al calabozo a conversar con su preso sobre asuntos que no tienen directamente que ver con información para la represión [...] Puede hablarle de sus orígenes, decirle que él también es parte del pueblo. Hasta puede hacerle saber que no está totalmente de acuerdo con la forma en que se dirigen los interrogatorios, pero que él no es quien manda. Por lo que, el preso debe entender, desde cierto punto de vista, los dos son víctimas de equivocadas decisiones superiores (Liscano, 2001: 84-85).


Ese torturador, pese a sus deseos de ser reconocido como víctima, aparece como el ser formador de mundo que en su afán de preservar la Polis y el statu quo se torna bestial:


Cuando tienen algún rato libre, los oficiales se dedican a fundamentar y defender su actividad. Ellos no son profesionales de la tortura, son individuos como cualquiera, padres, hijos, hermanos. No desconocen que hay miseria, injusticias. Ya lo arreglarán ellos en su momento. La culpa de todo la tienen los políticos de este país, todos mentirosos, ladrones, corruptos. Ellos y nosotros somos víctimas del sistema que han creado los políticos. La tortura es la única arma que tienen para obtener información (Liscano, 2001: 111).


Y aquí surge la duda de si la bestialidad del torturador pudiera ser también extendida a esos políticos que lo orillaron a la violencia, a aquellos que ordenaron despojar de derechos al preso político. Pero eso queda, igual que las causas políticas exactas que llevaron a Liscano al calabozo, flotando en la narración sin una respuesta precisa. El narrador, desde un punto elevado del horizonte, reflexiona sobre los torturadores, los examina y, aunque no pertenezcan a la misma rama animal que el preso, sí los ubica en el mismo submundo:


Es probable que el torturador se haga un concepto del ser humano al que sólo él puede acceder. Infligir dolor tiene que ser una experiencia única. Ver a un hombre, o a una mujer, que en el momento de ser detenido lleva una vida normal, convertido en piltrafa dolorida, carne humillada que grita, que suplica, que se arrastra, tiene que dar una visión del ser humano que la vida en sociedad no permite (Liscano, 2001: 119).


Pese a racionalizar sus actos, este ser bestial sabe que estos no son permitidos en la vida social que se lleva en el horizonte de la humanidad, sabe que sus acciones pertenecen al nadir, al mundo oscuro donde bestias y animales comparten olores y dolores, pero no el mismo estatus moral. Liscano termina su novela con el conocimiento de que aquellos humanos (bestias y animales) que lograron salir del calabozo y se reincorporaron a la sociedad siempre tendrán dentro de sí los vestigios de sus roles en el tacho; pero la bestialidad del torturador no será aceptada como sí lo es la animalidad del torturado, porque esta última sí tiene justificación en la psique del humano.


El retorno

A manera de conclusión, podemos decir que en el texto se hace patente que la tortura de Liscano no desaparece cuando sale de prisión. En la última página de la novela declara que él sigue viéndose como alguien que tiene un cuerpo “animal amigo”, es decir que hay una escisión entre la conciencia de Liscano y su cuerpo, producida durante la tortura en el calabozo. Esa conciencia acrecentada del cuerpo dolorido y quebrantado es opuesta a la conciencia mental ocupada en no delatar o no dar más detalles de los necesarios. Porque el animal que surgió como resultado de la tortura y de la muerte repetida noche tras noche no desapareció con el paso de los años. El cuerpo, el animal, sigue pegado débilmente a una conciencia que por momentos se escapa, como la sombra de Peter Pan que huye y a veces necesita ser zurcida para mantener la unidad y, en el caso de Liscano, para no perder la humanidad.

Una cuestión que sirve de contrapunto a la animalidad del protagonista es el hecho de que los padres, muertos durante el encarcelamiento de Liscano, reciben sepultura y una lápida cuando el protagonista sale de prisión. Este evento es significativo porque, al salir del encierro, los derechos y cualidades humanas le son restaurados y con ello regresa la conciencia del ser mortal, junto con la importancia de preservar en la memoria a sus muertos (ese ser-en-el-mundo y tener conciencia de la muerte de los otros para tener conciencia de la propia mortalidad). De este modo es restablecida la humanidad y la mortalidad, no solo del torturado, sino de su familia, que fuera de la prisión vio extendidas las vejaciones y la degradación humana. Por eso es relevante la figura de los padres en la trama, porque ellos se convierten en el ancla que evita que el preso se pierda en su animalidad. Porque Liscano escribe: “Lo único que le pedí a mi cuerpo en la tortura fue que me permitiera algún día mirarlos a la cara con dignidad” (Liscano, 2001: 185). Y la dignidad es un valor humano que el preso decidió no perder. Ese ser animalizado cruzó la frontera hacia la animalidad y logró regresar, transformado, a la humanidad que le había sido negada.


Referencias

AGAMBEN, Giorgio (2008). El lenguaje y la muerte. Un seminario sobre el lugar de la negatividad. Trad. de T. Segovia, España: Pre-textos.

AGAMBEN, Giorgio (2016). Lo abierto. El hombre y el animal. Trad. de F. Costa y E. Castro, Argentina: Adriana Hidalgo.

DERRIDA, Jacques (2008). El animal que luego estoy si(gui)endo. Trad. de C. de Peretti y C. Rodríguez, Madrid: Trotta.

HEIDEGGER, Martin (1990). “La esencia del habla”, De camino al habla. Trad. de Y. Zimmermann, España: Grafos, 141-193 (original publicado en 1959).

HEIDEGGER, Martin (2005). Ser y tiempo. Trad. de J. E. Rivera, Santiago de Chile: Editorial Universitaria (original publicado en 1927).

LISCANO, Carlos (1998). “El lenguaje de la soledad”, Fractal. Núm. 11, octubre-diciembre, año 3, vol. III, 45-57.

LISCANO, Carlos (2001). El furgón de los locos. Montevideo: Planeta

1 Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias, Universidad Veracruzana.

ORCID 0000-0002-1543-8270, lytta_r@hotmail.com

2 Este aspecto puede acercar al humano a la categoría de loco, pues, al aproximarse a la animalidad, el ser humano se aleja de lo abierto heideggeriano y cae en lo extraño y excéntrico.

3 No hay que olvidar que la tensión también se manifiesta en el torturado en su calidad de objeto y cuerpo, mediante el dilema de dejarse llevar por la tortura y hablar o soportar para no decir más de lo conveniente al torturador.